Don San Martín, ¿a usted qué le parece?(Conversación-ensayo, trans-textual)
(Incluye Entrevista con Alicia Moreau de Justo)
Editorial Galerna, Buenos Aires, 1992.
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Del prólogo, fragmentos.
Por qué San Martín. Por qué Alicia Moreau.

Nuestros mentados próceres mueren dos veces: cuando mueren y cuando los inmovilizamos en un monumento. Con esta segunda muerte los condenamos a la perfección, es decir, a la inexistencia.
Realmente, ¿que son para nosotros los próceres? Son abstracciones intocables, siluetas gélidas, eufemismos congelados, descorazonados mojones.
La conexión que tenemos con ellos es penosa: por muy sectaria o por muy solemne. Crecemos (lo de crecer es un decir, apenas si cumplimos años) idolatrando o aborreciendo bronces, mármoles y apellidos. Crecemos desgajados de nuestro pasado, incomunicados con nuestra historia. Lo que elegimos para celebrar a los ilustres, peor no podía ser: el día de sus muertes, nunca el de sus nacimientos. Tales homenajes para colmo se basan en discursos y los discursos se tejen con las hediondas blasfemias de los lugares comunes.
En este nuestro país, emporio de paradojas, aquí tenemos otra más: por un lado buscamos enormes padres redentores y carismáticos que existan por nosotros, y por otro lado, mediante el congelamiento de los próceres de cualquier bando, fabricamos nuestro desamparo. Somos huérfanos doble pechuga. Hacia atrás no sabemos vincularnos. Hacia adelante el futuro nos produce espanto. Mientras, el presente se nos traspapela entre el desasosiego, el fastidio y la sensación de haber sido estafados. No es vida esto.
¿Encontraremos en esta paradoja la explicación a nuestro imperioso snobismo y a nuestro siempre floreciente conservadorismo? ¿A nuestra fascinación por la novedad  y, sin embargo, a nuestra alergia a todo cambio? Esto de ver al futuro como un abismo y de sentir al presente como una pesadilla tal vez sea, entre otras cosas, porque estamos tan mal vinculados con nuestros anteriores. Nuestros héroes congelados no nos sirven ni de sol ni de referencia. Entretanto, ¿qué hacemos?: nos dedicamos a engordar nuestra condición de huérfanos, cosa que nos sirve para ir gestando nuestra futura condición de exiliados (hacia afuera o hacia adentro).
Demoré casi todos los años que tengo puestos para aprender que la historia no es sólo el comentario de hechos y personajes que nos envían desde el pasado, sino que es también una conversación desde el presente. Así fue que cierto día me encontré conversando, francamente, con las palabras fuera de contexto (pero textuales) de don José de San Martín. ¿Insolencia? ¿Impertinencia? Depende del almidón que cada uno tenga para sus hábitos. Conversar en tales términos es un derecho, que ejerzo. Que no vengan los almidonados a hablar de insolencia-impertinencia porque, si la hubiera, nunca sería mayor que la que ellos consumen en las mortuorias fechas patrias cuando, con la alevosía de las buenas costumbres, proceden a la eructación de discursos ruidosamente vacíos. ¿Que don San Martín nada puede hacer para reclamar por mi atrevimiento? Cierto. Pero convengamos en que don San Martín tampoco nada puede hacer para defender sus oídos cada 17 de agosto.

Otro cierto día, a propósito de un reportaje, con quien me encontré conversando en la realidad fue con Alicia Moreau de Justo, que por entonces había cumplido sus 100 años de edad. Supuse que iba a navegar con ella por la nostalgia, pero pronto me encontré lanzado hacia el futuro. Es que esta mujer nunca dejó de ser una novia del futuro.
Con estas dos conversaciones, la ilusoria con el militar capaz de ser ciudadano y la real con la anciana dama capaz de vivir en estado de lucidez, uno aprende en estos pagos tan sembrados de prepotencia, intolerancia y muerte contra natura, que el mayor, que el mejor de los corajes es el que hace falta para vivir desarmado. Esto es, para ser ciudadano habitante.
Este sitio, justamente, es el lugar que alguna vez supusimos como el mejor del mundo. Después, únicos como creemos ser y ampulosos como somos, lo consideramos como el peor del mundo.
Somos un sitio en el mundo, y no es poco.
Ni el vivir ni el estar ni el morir fueron aquí cosas que resulten del fluir natural de los días. Recordemos, releámonos:
Hubo tiempos en los que la fanfarrona opulencia de unos pocos fue estadísticamente confundida con el bienestar total de un país que aparecía como uno de los cuatro o cinco más ricos del planeta.
Después vinieron años en los que ciertos derechos nos fueron, por fin, concedidos, pero no como derechos sino como beneficencia.
Por décadas quisimos creer que los estribillos eran ideologías y que los eslóganes eran ideas. Días nos llegaron en los que la impaciencia, a caballo de la violencia, mutó los sueños y las ideas en pura locura. Y la muerte fue la última palabra.
El autoritarismo no necesitó más excusa que eso: acto seguido la represión se convirtió en una carcajada vertiginosamente contagiada de sí misma. La crueldad fue confundida con el coraje. A la impunidad se la nombró heroísmo. La venganza fue cosa liviana, el crimen descendió hasta la lujuria. Cómo decirlo con palabras, con sílabas, sin alarido: se abortó lo ya nacido y se abortó lo por nacer; se desapareció a los inocentes, a los diferentes y a los equivocados; se violó a la sangre, se violó a la vida y se violó a la muerte.
En medio de eso, mundial de fútbol mediante, se bailó sobre tanto suelo sembrado de muertos sin sepultura.
Nada conseguía saciar la gula por el horror: y allá en las islas del sur se decidió hacer una guerra pueril, una desguerra coronada con responsables ilesos y con la carne y las vidas irrecuperables de adolescentes que ya no están. Que desde entonces ya no estarán.
La democracia nos fue arrojada. La democracia, no como fruto conseguido sino como fruta que nos cae sobre la mollera. Será por eso que por poco la malgastamos entre la euforia irresponsable, la impaciencia que saltea los tiempos y las mutuas zancadillas.
No hubo arrepentimientos por tanto sucedido. Hubo alarde. Y enseguida empezó el olvido cultivado. Así hasta desembocar en la insultación. Y más alarde. A la libertad mucho mejor la usaron quienes desde siempre trataron y tratan de estrangularla. A la imprescindible justicia la relamamos airadamente, sin decidirnos a sostenerla del único modo posible: con la extendida conciencia.
Una vez más nos estafaron, y nos estafamos. Nos estafamos cuando nos entregaron a nuestra galopante euforia, que siempre es depresión que va a venir. La desmemoria acrisoló el no tan lejano error. Buen terreno para que nuestros días fueran arrasados por la contradicción convertida en estilo, por el carisma convertido en careta, por la frivolidad enarbolada con desvergüenza alucinante. Y fue con nosotros la apoteosis del cholulismo. Los payasos, pobres, se quedan sin quehacer. Y para qué celebrar el carnaval en febrero si todo el año es...
Pero en este sitio vivimos.
Ya en la última década del siglo, acostumbrados al hambre y al analfabetismo de millones, malentretenidos con la novedad de pertenecer al Primer Mundo (seguramente para oficiar de sirvientes, o para servir de generosa cloaca nuclear), aquí estamos, sumidos en una desesperanza que no cesa. Pero nadie nos ha derrotado todavía, salvo que nosotros decidamos sentirnos derrotados.
¿Qué hacer? ¿Vamos a dedicarnos a sobrevivir? ¿Vamos a bajar los brazos para siempre? Bajar los brazos sería nuestra manera de consumar la obscenidad. Bajar los brazos sería nuestra manera de condecorar tanto crimen aquí perpetrado.
Así estamos, en este sitio.  El caso es que uno, cierto día se hace la ilusión (candorosa, naif) de que conversa con don San Martín, el raro militar que siendo general desistió de ser presidente. Y con eso uno se da un respiro.
Y otro día, se encuentra uno con que la anciana Alicia Moreau, mujer que labora desde su conciencia sin distraerse por sus 100 años de edad. Y con eso uno se da otro respiro.
Entre respiro y respiro, se agarra uno de la cornisa, hace lo que puede, se concede otra oportunidad, en fin, se nutre para poder vivir un rato más. Se trata de eso, de hacer cualquier cosa para darnos el aliento que nos permita hincarle el alma a una jornada más. Se trata de hacer algo para no desplomarnos sin retorno, para no caer en la fácil seducción de la euforia para la depresión.
Aquí la utopía empieza a ser un deber.
Aquí, en este sitio, la utopía consiste en tratar de vivir despiertos un día más.

Del texto de la contratapa
Don José de San Martín viene a la Argentina actual a enterarse, y a conversar. Quien se anima a traerlo es Rodolfo Braceli.
El ilusorio encuentro, alejado de toda solemnidad, sirve para meter el dedo en muchas de nuestras llagas. Por ejemplo: ¿qué opina don San Martín sobre la corrupción, sobre el reiterado golpismo castrense que convirtió en papel higiénico a la Constitución, sobre la des-guerra de Malvinas, sobre la apoteosis del cholulismo, sobre la tortura convertida en hazaña, sobre la impunidad convertida en heroísmo?  Más allá de las preguntas, Braceli también le propone al prócer salir al balcón y ´ser la mano fuerte´ que, según algunos, ´siempre nos hace falta´. A todo responde San Martín.
En su segunda parte, este libro incluye otra memorable conversación, real, con Alicia Moreau de Justo. Fue mantenida pocos meses después que ella cumpliera sus 100 años. En esta charla y en la de don San Martín emerge, como una música prodigiosa, el valor de ser ciudadanos, la exaltación del más difícil de los corajes: el que hace falta no para andar armados sino para andar desarmados.

 
   
 
OPINIONES
 
 

MARTA OYHANARTE
“En este caleidoscopio que nos va armando este libro, los vemos a San Martín y a Alicia Moreau tan humanos como Braceli y a Braceli tan prócer como Alicia Moreau y San martín. Porque, finalmente, ¿qué son los próceres? Son personas de alta dignidad. Y los tres, con seguridad, la tienen. Y entonces nos imaginamos a cada uno de ellos, en distintas épocas (medioevo, renacimiento, prehistoria o porsmodernismo) trabajando siempre por lo mismo: los valores éticos, que son, en última instancia, la raís más profunda de la condición humana. Si tuviera la facultad de poder hacerlo, incorporaría este libro a los programas oficiales de las escuelas primarias, de las escuelas secundarias, de las escuelas públicas y privadas, incluso a los programas de los colegios militares, de escribanos, de abogados, etcétera, etcétera. ¿Y por qué? Porque como Braceli nos dice, al devolverles carne y cotidianeidad a estos próceres, los baja de los monumentos y nos impide a nosotros que los usemos como excusa diciendo: ´Son perfectos, por consiguiente, son inimitables´.”

 
 
PRESENTACIÓN DEL LIBRO:
En la Feria Internacional del Libro. Por Marta Oyhanarte, con lectura de Hugo Arana y Maria Rosa Gallo, 1992.